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26 Enero 2001 - Actualizado el 20 Enero 2016

Yes, aipiquingli


Con el turismo y las empresas mixtas, el "idioma del enemigo" se ha convertido en Cuba en un instrumento esencial de comunicación y los que fueron privados del aprendizaje del inglés se encuentran hoy en situación desventajosa.
Por Manuel Vázquez Portal Con el turismo y las empresas mixtas, el "idioma del enemigo" se ha convertido en Cuba en un instrumento esencial de comunicación y los que fueron privados del aprendizaje del inglés se encuentran hoy en situación desventajosa. Yo tengo una inmejorable suerte para la mala suerte. Siempre he pensado que soy capaz de caerme de espaldas y romperme la nariz. Y si de mala suerte se habla, hay está el ejemplo del inglés. En mi casa todo el mundo lo habla perfectamente. Yo no. Mi mala estrella quiso que no lo aprendiera como se debe y a tiempo. A Fidel Castro se le ocurrió ganar una guerra y declararse enemigo de Estados Unidos y prohibir todo lo que tuviera que ver con ese país y hasta con esa lengua porque era el "idioma del enemigo". Mis hermanas mayores lo habían aprendido en la escuela de las monjas, mi hermano mayor lo estudió con los Maristas. A mí vino a tocarme la "depuración de los gusanos de las filas de la enseñanza para el pueblo" y no pude tener un profesor que me lo enseñara correctamente. Cuando llegué a la secundaria ya no alcancé a tener como profesor a Emilio Salgado, que tenía fama de haber estudiado en Oxford. Tampoco estaba Martica Buñuel, que se decía había sido educada por una nodriza inglesa. A mí me tocó Paco Sandoval, un carpintero cuyo único contacto con el idioma inglés, según se contaba, era haber sido recolector de plátanos de la Fruit Company allá por la zona de Guantánamo al sur de Cuba. Con semejante profesor de inglés tuve que cargar. Para entonces Martica Buñuel se ganaba el sustento impartiendo lecciones particulares mientras esperaba su visa, pero asistir a su casa era muy comprometedor a los ojos, siempre alertas, de la vanguardia revolucionaria. Paco, en cambio, era militante, miembro de los Comités de Defensa de la Revolución, combatiente de Girón en 1961 y había participado en la lucha clandestina contra Batista. No tenía la más puñetera idea del idioma inglés ni de pedagogía, pero era un revolucionario cabal. Luis Ferrales, por esa época director regional de Educación, lo descubrió chapurreando inglés con un jamaicano que, arrastrado por la nostalgia de su lengua materna, asistía todas las tardes a la carpintería de Sandoval. Ahí mismo Luis le propuso la importante tarea de reemplazar a los gusanos que habían sido expulsados de la cátedra. Paco Sandoval aceptó por pura convicción revolucionaria. El primer día de clases Paco rompió catorce tizas contra el pizarrón y despotricó malhumorado delante de todos como si estuviera injuriando a un indócil tronco de madera. ¿Qué más se le podía pedir? Las hembras se sonrojaron y los varones nos reímos. Pero un revolucionario se crece en las dificultades y no se tenía muy en cuenta que Sandoval dijera obscenidades en el aula o que gracias a su pronunciación yellow se transformara en jelo, lo verdaderamente importante era que nosotros, "la semilla fundamental de la revolución", supiéramos que eso significaba amarillo. Con Paco Sandoval transitamos séptimo, octavo y noveno grados. Los Beatles ascendían a la cúspide de la fama, pero nosotros no podíamos oírlos. Era un crimen ideológico. Los Rolling Stone competían a brazo partido con los chicos de Liverpool pero tampoco podíamos escucharlos, so pena de cometer herejía contra "los sagrados deberes de un joven revolucionario". Tuvimos que conformarnos con la pronunciación de Paco. Ese inglés de barracón guantanamero en los campos de la Fruit Company nos acompañó hasta el preuniversitario. Allí el estudio del idioma era optativo y resultaba de muy buen ver seleccionar el ruso. Al fin de cuentas era la lengua de nuestros hermanos soviéticos y saber decir aunque más no fuera "niet panimayo" (no comprendo) podía acercarnos a una bequita en Bielorrusia y conocer, por fin, la nieve. Al llegar a la Universidad no sabíamos ni inglés ni ruso, y el español era un enardecido torbellino de consignas indispensables para la buena comunicación socialista. Así nos graduamos de ingenieros, de médicos, de arquitectos y hasta de filólogos. El inglés era tan mal visto y, supuestamente, tan innecesario que nunca lo tomamos en serio. Pero el tiempo es un bicho voraz y sin tendencia política. Los que no aprendimos inglés hoy estamos en un gran aprieto. Con el auge del turismo, las empresas mixtas, el jineterismo y el sueño de la emigración, nos hemos convertido en marginados. Donde quiera que usted llega lo primero que le preguntan es: "¿Do you speak English?". Y uno, por muy audaz que sea o por muy desesperado que esté, no puede salir del paso con aquella frasecita que Paco Sandoval nos enseñara con toda su torpeza y su convicción revolucionaria: "Yes, aipiquingli".