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19 Enero 2001 - Actualizado el 20 Enero 2016

La educación en bancarrota


El sector de la educación no ha quedado a salvo de la crisis general de valores que afecta a la sociedad cubana. En rápido proceso de deterioro, está perdiendo los avances logrados con tanto esfuerzo en décadas pasadas.
Por Oscar Espinosa Chepe El sector de la educación no ha quedado a salvo de la crisis general de valores que afecta a la sociedad cubana. En rápido proceso de deterioro, está perdiendo los avances logrados con tanto esfuerzo en décadas pasadas. Es innegable que el sistema educativo cubano, aunque lastrado por enfoques dogmáticos y por una política de adoctrinamiento ideológico, brindó al ciudadano común un nivel de instrucción muy superior al de la población de la mayoría de los países del Tercer Mundo. Pero con la crisis que desde hace más de diez años azota la isla, todo el edificio educativo ha empezado a tambalearse. En primer lugar, los recursos destinados a la educación han sufrido un recorte considerable. Si en 1989 el presupuesto educativo fue de 1.664 millones de pesos, en 1998 sólo alcanzó 964 millones, según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe de las Naciones Unidas (CEPAL). Teniendo en cuenta el crecimiento demográfico, ello significa que en diez años los gastos en educación por habitante se han reducido en casi un 50%, pasando de 152 a 87 pesos. No sólo las condiciones materiales de la actividad docente se han degradado –deplorable estado de las instalaciones y falta de equipo en general –, también la calidad de la enseñanza y el número de estudiantes han disminuido. Así, entre los años escolares 1990-91 y 1998-99 el número total de inscritos se redujo en un 10,8%, principalmente en la enseñanza preuniversitaria, técnica y universitaria. En cuanto al número de diplomados, las cifras son aún más elocuentes: entre 1990-91 y 1997-98 disminuyó en un 20,7%, siendo el nivel universitario el más afectado con una baja de 51,3%. El masivo abandono de las aulas por maestros y profesores no es ajeno a estos resultados negativos. En 1990-91 Cuba contaba con 233.415 docentes; cifra que se redujo a 197.568 en 1998-99. La acelerada depreciación de los salarios, el cúmulo de tareas extraescolares, muchas veces de carácter político, las malas condiciones de trabajo y la considerable presión burocrática han sido las principales causas de esa deserción, en particular en la enseñanza media. Viendo los problemas que un profesor ha de enfrentar para sobrevivir, los jóvenes se muestran reacios a emprender carreras de magisterio y, pese a las presiones políticas de los últimos años para incitarlos a ello, el número de inscritos en las formaciones pedagógicas así como de los que las concluyen están en constante disminución: los diplomados en ese sector eran 20.865 en 1990-91 y sólo 6.020 en 1997-98. Para hacer frente a esta situación, en febrero de 1999 el gobierno aumentó los salarios del personal docente mediante un complejo mecanismo ligado al resultado de una evaluación laboral. Ahora bien, si un licenciado en educación obtiene la evaluación más alta (muy bien) –lo que no es fácil debido a la cantidad de requisitos, incluso de carácter político–, percibirá un salario que no superará el equivalente de 20 dólares mensuales. Estos aumentos por ser poco significativos y por la complejidad de su aplicación no han sido un incentivo suficiente. En 1999-2000, sólo en La Habana hubo que incorporar a la docencia a 655 estudiantes universitarios sin ninguna formación pedagógica, 1.286 funcionarios estatales y 1.190 estudiantes de pedagogía a fin de hacer frente el déficit de maestros y profesores. Una situación semejante se ha producido en el presente año lectivo. Aunque se pretende paliar la falta de profesores recurriendo a medios audiovisuales, que en la práctica no sustituyen a los maestros, con el agravante de que se utilizan fundamentalmente para programas de adoctrinamiento político. Además de sus problemas particulares, la situación de la educación en Cuba es un reflejo de las graves contradicciones que aquejan a la sociedad en su conjunto. Hoy por hoy, quien vive mejor no es aquél que ha adquirido mayores conocimientos, sino la minoría privilegiada que tiene acceso al dólar. Y cualquier cubano sabe ahora que la vía para llegar a la moneda fuerte no es precisamente la educación. El trabajo creador, fuente natural del progreso de los pueblos, y el estudio que lo potencia han sido sustituidos en la Cuba actual por el parasitismo y el clientelismo político.