Noticias

3 Noviembre 2017

¿Desde hace un año Donald Trump se considera el director de la prensa estadounidense?

Crédit: SAUL LOEB / AFP
Desde el 8 de noviembre pasado, fecha en que Donald Trump fue elegido presidente de Estados Unidos, no pasa una semana sin que el mandatario se entrometa en las decisiones editoriales de la prensa estadounidense. Atacando y descalificando constantemente a los periodistas, el jefe de Estado los acusar de difundir “fake news” (noticias falsas) y de hacer mal su trabajo. Frente a tal encarnizamiento, RSF se pregunta si Donald Trump no se está tomando por un magnate de la prensa.

Desde que llegó a la Casa Blanca, Donald Trump no ha dejado de mostrar que tiene una verdadera obsesión con los periodistas. El caprichoso presidente no comprende por qué ya no hay “periodistas amigables” en Estados Unidos que hablen de sus “grandes logros”, en lugar de cubrir otros temas. Los ataques contra la prensa son cada vez más comunes y los media bashing (ataques a los medios de comunicación) nunca habían sido tan manifiestos. El jefe de gobierno estadounidense lo tiene muy claro: una prensa que hace su trabajo es de facto “deshonesta”. Peor aún, es perjudicial para el país. Y, sobre todo, a decir del mandatario, está "fuera de control”.


El empresario Donald Trump, acostumbrado a despedir a sus empleados con un chasquido de dedos, visiblemente siente horror ante esa prensa con una libertad insolente. De allí quizá su propensión a confundir su rol de presidente con el de un autoritario jefe de prensa.


El 11 de enero pasado, en su primera conferencia de prensa, cuando aún no era investido oficialmente como jefe de Estado, Donald Trump intentó sentar las bases de su futura relación con los medios de comunicación, adoptando un tono paternalista que desde entonces no ha dejado de emplear. A grosso modo, las principales líneas de su visión editorial para los medios de comunicación del país pueden resumirse así: si no publican información negativa sobre mí, los respetaré. Ese día Trump hizo “cumplidos” a los periodistas que no habían difundido un informe confidencial, de una fiabilidad cuestionable, sobre sus nexos con Rusia, y expresó su desprecio por los otros. A uno de ellos, el corresponsal de CNN en la Casa Blanca, incluso le impidió que hiciera pregunta.


Visiblemente Donald Trump se imagina que puede juzgar las buenas prácticas periodísticas. No obstante, es el presidente de Estados Unidos, país de la Primera Enmienda, y cuando asumió su cargo hizo el juramento de proteger y defender la libertad de prensa”, señaló Margaux Ewen, responsable de Defensa y Comunicación, del despacho América del Norte de RSF. “Sus constantes críticas a la prensa y a ciertos periodistas estigmatizados constituyen una violación al juramento que hizo”, añadió.


Cuatro semanas después, apareció ante la prensa un presidente visiblemente molesto. Decepcionado por la cobertura mediática del inicio de su mandato, Donald Trump se dirigió violentamente a esas personas “deshonestas”, que no habían respetado sus consignas. “Espero que eso cambie en un futuro”, advirtió.


Pasaron nueve meses y Donald Trump experimentó más decepciones respecto al trabajo de los periodistas. Sin embargo, el presidente-magnate no ha reducido la presión que ejerce sobre los medios de comunicación, sino que la ha incrementado aún más. Así lo muestra un ejemplo reciente. El 11 de octubre pasado, después de que la cadena NBC difundió información sobre el arsenal nuclear estadounidense, el jefe de Estado, considerando falsa esa información, cruzó alegremente los límites de su función presidencial. Refiriéndose a NBC señaló: “¿En qué momento es apropiado revocar su licencia?” Contemplar quitarle la autorización de difusión es una amenaza de represalia desproporcionada y sin fundamentos.


Una libertad "repugnante"


De manera recurrente, el jefe de gobierno estadounidense se hace preguntas sobre el funcionamiento de la prensa; en ocasiones, incluso realiza descubrimientos. "Es francamente repugnante que la prensa pueda escribir lo que quiere escribir”, señaló el mismo 11 de octubre sobre el mismo asunto, insinuando de paso que los reporteros se preocupaban poco por los hechos reales. Su aversión hacia la libertad de prensa va hasta el punto de hacerlo olvidar la Primera Enmienda de la Constitución de su país.


Qué importa que la libertad de expresión esté inscrita en la Constitución, hay palabras que en adelante más vale no pronunciar. En septiembre pasado una empleada del canal ESPN, Jemele Hill, provocó la ira del gobierno por haberse atrevido a publicar en Twitter comentarios anti Trump. En respuesta, la portavoz del presidente, Sarah Huckabee Sanders, señaló el 13 de septiembre que ESPN debía despedir a la periodista porque había cometido "una falta que justificaba un despido".


Esta orden recuerda el comportamiento de verdaderos directores de grupos mediáticos, como Rupert Murdoch, presidente de News Corp, quien en 1982 despidió al redactor en jefe de la revista Times con una frase lapidaria: “quiero su renuncia hoy”. Jemele Hill, a diferencia de lo que le sucedió al periodista de Times, no fue despedida –su jefe no es Donald Trump.


Dos días después, el presidente insatisfecho atacó a la redacción desobediente. “ESPN está pagando realmente un precio alto por su política (y mala programación). Un número récord de gente la está dejando. Discúlpense por sus mentiras”, publicó en Twitter. Más tarde, el 10 de octubre, Trump le recriminó directamente a Jemele Hill ser la responsable de los malos resultados de la cadena, sin preguntarse si tenía derecho a intervenir en la dirección de una cadena privada y juzgar su desempeño en términos de audiencia.


Los periodistas malos serán castigados


El presidente suele hacer análisis sobre las audiencias de otros medios de comunicación, además de ESPN. El 7 de agosto señaló los “malos resultados” de The New York Times.


¿El presidente tiene un verdadero interés por la salud de los medios de comunicación de su país? No realmente. Estas tendenciosas afirmaciones le sirven más bien para vengarse de las redacciones que, según él, no han informado de los hechos como deberían haberlo hecho. Una manera de mostrar que, como esos periodistas se portaron mal, los medios de comunicación en los que trabajan fueron castigados con una caída de sus audiencias.


Hablar de malas audiencias no es la única manera que emplea Trump para descalificar en público a medios de comunicación. Como un exigente jefe de redacción, recurre todo el tiempo a sus famosas “fake news” para fustigar los “malos reportajes” y a los “malos periodistas”. ¿Será eso la señal de una vocación fallida? El 16 de febrero pasado el presidente estadounidense aseguró que él "podría ser un buen reportero".


En cualquier caso, parece que su rigor periodístico se ve muy afectado cuando entra en juego su amor propio. Cada vez que Donald Trump habla de fake news, en realidad se refiere a que un periodista o un medio de comunicación difunde un tema o un punto de vista crítico hacia él o su política. Los acontecimientos de Charlottesville, las elecciones primarias republicanas de Alabama, el presunto papel que jugó Rusia en la campaña presidencial de 2016, la respuesta del gobierno estadounidense cuando el huracán María devastó Puerto Rico, la política concerniente al arsenal nuclear de Estados Unidos. Tantos ejemplos de temas que han disgustado al “presidente-periodista”.


Falta de gratitud


Otro caso, muy destacado, ilustra la incomprensión de Donald Trump en lo que respecta a sus relaciones con los medios de comunicación. El 6 de julio de 2017 en una conferencia de prensa, cuando el presidente estadounidense arremetía contra la cobertura “muy, muy deshonesta” que CNN hacía de él, agregó: “NBC también ha hecho una cobertura muy mala a pesar de que gracias a mí ganó una fortuna con ‘The Apprentice’, pero eso lo han olvidado”.


El jefe del gobierno estadounidense considera que los periodistas de NBC le deben algo por haber producido un reality show que generó ganancias para la cadena. ¿Y qué mejor manera de agradecer a quien fue su benefactor que elaborar reportajes que le sean favorables? La visión que tiene el presidente de la independencia periodística es algo rara. Al grado de que no teme, a la inversa, mostrarse generoso con sus medios de comunicación favoritos, los que lo tratan bien.


Desde que asumió sus funciones, Donald Trump ha concedido 16 entrevistas a Fox News –cadena conservadora y crítica con los informantes (whistleblowers) –, que el presidente aseguró ofrecía “el programa matutino más honesto”. En cambio, en ese mismo lapso, sólo concedió una entrevista a ABC, dos a CBN, una a CBS y ninguna a CNN.


Frente a este flagrante desequilibrio y las preocupantes declaraciones del gobierno estadounidense sobre la prensa, Reporteros sin Fronteras recuerda a Donald Trump y a su equipo: no, los periodistas estadounidenses no trabajan para el presidente de Estados Unidos, no le deben nada y no tienen porqué recibir lecciones de él. Trabajan para medios de comunicación que deben conservar imperativamente su independencia para que esta infantilización grotesca de la prensa no amenace con el tiempo el equilibrio de toda una democracia.


Estados Unidos perdió en un año dos lugares en la Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa de RSF; actualmente ocupa la posición 43.