Análisis

Clasificación 2015 : Los grupos non estatales, déspotas de la información


En 2014 los periodistas no sólo enfrentaron la presión ejercida por los Estados, también pa-decieron las amenazas violentas de grupos no estatales. Estas entidades están lejos de re-presentar un conjunto homogéneo: están motivadas por lógicas expansionistas, responden a objetivos políticos, intereses económicos e, incluso, mafiosos.

Más allá de sus diferencias y motivaciones, los grupos no estatales tienen algo en común: obran en contra o de manera paralela a las estructuras legales y no se sienten regidos por otras leyes que no sean las establecidas por ellos mismos. Sin embargo, algunos pueden mantener lazos –menos o más lejanos– con las autoridades gubernamentales, administrativas o políticas. Asimismo, todos muestran una intolerancia visceral frente a cualquier información que vaya en contra de sus intenciones. Los periodistas que intentan trabajar en medio de esta situación, desenredar las madejas de la corrupción o denunciar las agresiones a civiles, se ven atrapados en una tempestad donde sólo la violencia es una certeza y en la que el Estado de Derecho se convierte en una referencia lejana.

Terror y hoyos negros de la información

En ciertas regiones de África o de Oriente Medio el año 2014 estuvo marcado por el avance de grupos más allá de las fronteras de su país de origen, en una lógica expansionista de conquista de poblaciones y territorios. Algunos, como el grupo Estado Islámico (EI), en Irak y en Siria, o como Boko Haram, que avanzó de Nigeria a Camerún y Níger, emplearon la violencia de forma extrema e indiferenciada, buscando sembrar el terror.

En Irak y en Siria los yihadistas del EI continúan su ofensiva amenazando, secuestrando, incluso asesinando a periodistas. En las regiones que caen en sus manos, como Faluya, Ramadi, Mosul o Samarra, en Irak, ya no circula información independiente. La mayoría de los medios de comunicación, oficiales y privados, dejaron de funcionar. Los periodistas fueron detenidos, arrestados y hasta asesinados en público, a título de ejemplo. En espacio de doce meses, siete periodistas –así como algunos periodistas-ciudadanos– fueron asesinados en Siria y cuatro en Irak.

En Nigeria, en el curso del año la milicia islamista Boko Haram tomó el control del estado de Borno, en el noreste del país. La información sobre las agresiones que sufre la población civil llega a cuentagotas, pues los periodistas no pueden acceder a la zona. La milicia destruyó la infraestructura de comunicación local, reforzando así el aislamiento de la región. Pero la influencia del grupo no acaba en sus fronteras: se han registrado numerosas incursiones en Níger, Camerún, incluso en Chad, donde los ejércitos se encuentran posicionados para enfrentar esta amenaza. El gobierno nigeriano y los de los países vecinos intentan sofocar estas incursiones. En Chad, los periodistas han sido acusados de hundir al país en la anarquía por haber hablado de los problemas norte-sur. En Camerún el gobierno aprobó una ley contra el terrorismo, dirigida tácitamente a todo reportaje sobre Boko Haram, que constituyen preocupantes amenazas sobre la libertad de los periodistas de hablar de cuestiones de seguridad.

Bajo el dominio de las milicias y de los paramilitares que imponen sus reglas

Al interior de las fronteras, milicias y grupos rebeldes autoproclamados también intentan ampliar su poder frente a las autoridades establecidas. Los periodistas que trabajan en estas regiones en encuentran atrapados, obligados a tomar partido o callarse.

En los conflictos nacionales

En la República Centroafricana, la milicia musulmana Seleka, que en 2013 erradicó a la mayoría de las radios privadas en su avance en Bangui, continúa imponiendo su línea editorial a los medios de comunicación centroafricanos y no tolera ningún reportaje sobre sus propias acciones. Aunque oficialmente se encuentra desmantelada, aún conserva cierta influencia y amenaza a todo periodista que dé una imagen desfavorable de los musulmanes. Por su parte, los anti-Balaka, milicia cristiana, atacan a aquellos que denuncian sus agresiones. Muchos periodistas centroafricanos han preferido el exilio a la muerte.

En Libia, los periodistas que intentan cubrir el conflicto arriesgan su vida. Cuatro de ellos murieron en los ataques de una nebulosa mezcla de grupos islamistas, entre ellos Ansar al-Charia. El más joven tenía 18 años. En el caos libio es difícil para los periodistas saber de dónde vendrá el próximo ataque.

Ciertos países que oficialmente no están en guerra enfrentan la ofensiva de milicias armadas que no dejan de ganar terreno. Es el caso de los Houthis en Yemen. Después de tomar la capital, Sanaa, en octubre de 2014, la primera tarea de los rebeldes houthis fue amordazar a los medios de comunicación. En el mes que siguió, Reporteros sin Fronteras registró al menos 52 agresiones a periodistas y medios de comunicación.

En Somalia el gobierno central de Mogadiscio lucha desde su creación, en 2012, contra los ataques de los Shebab, responsables de la muerte de al menos tres periodistas, que perecieron por ataques con bombas en 2014. Otros fueron gravemente heridos durante tiroteos o en atentados suicidas.

El fracaso patente del proceso de desmovilización de los paramilitares continúa siendo un verdadero lastre en Colombia, donde los grupos criminales paramilitares continúan sembrando el terror en un clima de impunidad casi total. Así, las Águilas Negras, uno de los principales predadores de la libertad de prensa en el país, continúan sus actividades de intimidación contra los periodistas. Algunos medios de comunicación y periodistas, así como una agencia de defensa de la libertad de prensa, han sufrido amenazas de este grupo: las Águilas Negras difundieron una lista negra de periodistas a asesinar.

En los conflictos con pretensiones independentistas

En el este de Ucrania los independentistas pro rusos que rechazaron el gobierno considerado pro europeo, declararon la Primavera de las Repúblicas “Separatistas” en Donbass, intentando inscribirse en una lógica paraestatal y remplazar las estructuras administrativas y civiles existentes. Entre sus blancos predilectos están los periodistas, quienes se han convertido en víctimas de ataques deliberados y a quienes se impide acceder a las zonas controladas por estos grupos. Desde mayo 2014 seis profesionales de los medios de comunicación han muerto intentando cubrir este conflicto, mientras que decenas de periodistas han sido detenidos por los rebeldes de las Repúblicas autoproclamadas de Lugansk y Donetsk. La multiplicación de los batallones "voluntarios", junto con el ejército ucraniano, ha contribuido a instaurar en la región el reino arbitrario de las milicias. Cuando las amenazas, la destrucción de las redacciones de los medios y los secuestros no bastan, los grupos rebeldes simplemente remplazan a los directores de los diarios por periodistas a sueldo de ellos. Frente a la imposibilidad de trabajar en la región, numerosos periodistas han optado por el exilio. Para los que se quedan, se impone una autocensura deletérea.

En la provincia independentista de Baluchistán, al oeste de Paquistán, los insurgentes baluchis, que resisten desde 1947 al Estado paquistaní, imponen también su versión de la información y amenazan de muerte a los periodistas. En agosto de 2014 tres profesionales de la información fueron asesinados por individuos que irrumpieron en las instalaciones de la agencia de prensa Online. En 2012 el jefe de la oficina de la agencia, Irshad Mastoi, había señalado que se encontraba acorralado entre los insurgentes baluchis, que exigían que su agencia difundiera su información, y los servicios de inteligencia paquistaníes, que lo amenazaban para que no se sometiera a la presión de los rebeldes. Su independencia le costó la vida.

Crimen organizado e impunidad

Gozando a menudo de protección política o aprovechando la incapacidad del Estado de imponer su autoridad, los grupos mafiosos constituyen una amenaza real para los periodistas de investigación que intentan informar sobre la corrupción y la colusión que a veces existe entre el poder y estos grupos. Los ataques que sufren los periodistas son aún más preocupantes puesto que tienen lugar en medio de una impunidad casi total.

En México, el país más mortífero del continente americano para los periodistas en ejercicio de su oficio, es riesgoso hablar de las relaciones que existen entre las autoridades y el crimen organizado. Los tres actores de la información asesinados en 2014: Octavio Rojas Hernández, en el estado de Oaxaca; Jorge Torres Palacio, en Veracruz, y María del Rosario Fuentes Rubio, en Tamaulipas, investigaban este tema. La netciudadana María del Rosario colaboraba con el portal informativo Valor de Tamaulipas; al día siguiente de su secuestro publicaron una fotografía de su cuerpo en su cuenta de Twitter, junto a un mensaje: “Cierren sus cuentas, no arriesguen a sus familias como lo hice yo, les pido perdón”. Un año antes habían puesto precio a la cabeza del administrador de este portal: 45.000 dólares. Numerosos medios de comunicación en América Latina han renunciado oficialmente a cubrir el tema del narcotráfico por temor a represalias.

En Filipinas el periodista Nilo Baculo Sr. pagó con su vida sus publicaciones sobre la implicación de funcionarios y políticos locales en el narcotráfico. El 9 de junio de 2014 el periodista fue asesinado frente a su domicilio por milicias privadas a sueldo de políticos. En este clima de miedo, la autocensura es la regla.

En Italia, esta violencia aumenta de manera inquietante, según el observatorio de la libertad de prensa Ossigeno per linformazione, que registró 421 amenazas en 2014, un aumento de cerca de 10% respecto 2013. Las amenazas de muerte son frecuentes y a menudo se transmiten a través de cartas o símbolos: cruces grabadas en el automóvil de un periodista, balas enviadas por correo… En ocasiones el blanco también son sus bienes materiales. El 17 de junio incendiaron el auto del periodista Guido Scarpino, del diario Il Garantista, en la provincia de Cosenza, plaza fuerte de la ‘Ndrangheta, uno de los predadores de la libertad de información, según Reporteros sin Fronteras. A esto se suma la creciente instrumentalización de los procesos legales por difamación, emprendidos por grupos con intereses comunes que buscan hacer callar a los periodistas. Una práctica perfectamente legal y particularmente eficaz.